Cuando miras el vacío y el tiempo se detiene, tú también lo
haces.
Girar y verla ahí, sentada, a la espera. Su largo flequillo
y su observación.
Acaso, ¿perdura el recuerdo de aquel día, de aquel que tras
unos segundos de contemplación ambos se sacaron la lengua? Acaso, ¿existió ese
momento realmente?
Podremos llenarlo de miles de vacíos, como el lugar de aquel
instante, el porqué o el vestido que se puso para la ocasión, pero sólo
quedarán lenguas traviesas hambrientas de juegos y de palabras que pierden el
norte cuando las nombra otro.
Resulta curioso esto de la contemplación.
Resulta inmensamente
desproporcionado y ¿sabes por qué? Porque el vacío deja de existir, se
destruye. Lo hace si el motivo de la observación eres tú.
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