Y me pondré mi vestido nuevo, ese que deja ver mis piernas, ese de encaje, ese que me compré el otro día y me sienta tan bien. Justo ese vestido, con el que desearía que me vieras, con el que sé que te arrepentirías de todo lo que paso, justo ese, mi vestido, mi vestido nuevo. El presagio de que todo terminó, de que ya no hay pasado válido, sólo presente. Y es que es así. Me subiré a mis tacones para que se oigan mis pasos, para que cada uno de ellos cuente como el que más. Para tener los pies en el suelo y a la vez en el aire, para despegar si hace falta, porque no tengo miedo, porque he aprendido que caer te ayuda a saber levantarte y porque sé que aún tengo fuerzas para intentarlo. Es tan sólo un momento, una ocasión, un instante, el roce del vestido adaptándose a mi cuerpo, como la vida, dejando paso a nuevas sensaciones, a nuevos episodios que hacen sea única, como un cuento, de esos que se inventan en el momento antes de ir a dormir, a fin de cuentas, momentos. Como ese atardecer, que se da 365 días al año y sin embargo no nos paramos a verlo, no nos detenemos, momentos. Minutos, segundos, milésimas de sensaciones esparcidas entre un instante y otro.
“Y el otro día pensé que eras tú, y me dio un vuelco al corazón. Comenzó a latir con fuerza a la espera de que aquel desconocido que se hacía pasar por ti se diera la vuelta. No, no eras tú, y si hubiese sido así, creo que habría bajado la cabeza a la espera de que tú dijeras algo que nunca dirías. Me rio de mi misma, de mis tonterías, de pasar por allí e irremediablemente querer que subas al vagón. Y me doy cuenta de que no se me ha pasado del todo, de que aún mantengo una cierta esperanza. Absurda esperanza de lo que pudo haber sido y no fue”
He cerrado mi maleta, ya no caben tus cosas.
¡Ah! Y las zanahorias no gustan a todo el mundo, pero ten por claro, que las galletas sí.