miércoles, 4 de septiembre de 2013

Las esperas que no duelen.

Cuando miras el vacío y el tiempo se detiene, tú también lo haces.
Girar y verla ahí, sentada, a la espera. Su largo flequillo y su observación.
Acaso, ¿perdura el recuerdo de aquel día, de aquel que tras unos segundos de contemplación ambos se sacaron la lengua? Acaso, ¿existió ese momento realmente?
Podremos llenarlo de miles de vacíos, como el lugar de aquel instante, el porqué o el vestido que se puso para la ocasión, pero sólo quedarán lenguas traviesas hambrientas de juegos y de palabras que pierden el norte cuando las nombra otro.


Resulta curioso esto de la contemplación. 
Resulta inmensamente desproporcionado y ¿sabes por qué? Porque el vacío deja de existir, se destruye. Lo hace si el motivo de la observación eres tú.