martes, 12 de marzo de 2013

Insomnio.


No supo que decir. 


Se abrió un extenso manto verde decorado por amapolas y girasoles encarados al sol, por la brisa que mecía su vestido de tirantes y por el silencio abrumador de la soledad. Se dio cuenta de la infinitud que baña las cosas y también,  de la finitud que las seca unidas todas por el mismo nexo y por el sentimiento efímero que de ellas se desprende.


Caminó sin rumbo fijo y en el vaivén del  eterno baño de delicados átomos entrelazados, se produjo la insolación. Todo se torno blanco y aparecieron cientos de puertas entreabiertas de fondo oscuro.  Pasó frente a ellas y el olor le produjo nauseas, vómitos. Entre las miles de moscas que invadieron la estancia revoloteando a su alrededor, gusanos a sus pies pidiendo clemencia y los zapatos podridos, ella se hundió.

Se sumergió en el agua más pura y limpia que jamás habría imaginado. Con cada bocanada respiraba oxígeno embriagador y sus pulmones se llenaban de felicidad innata puesto que,  ese oxígeno suponía una inversión más hasta el fondo. Allí, en el fondo, conoció a las olas y juntas hicieron el amor uniendo sus cuerpos hechos de materia y traspasando las formas a través de la espuma de su movimiento. En los instantes que el agua estaba calmada ella quería leer, escribir, dejar constancia de lo que estaba viviendo, componer sinfonías de papel y pluma, hacer delicados pájaros que sobrevolaran el cielo estrellado y crear cartas de purpurina para su amado. En los instantes que las olas no estaban, ella tenía amantes de palabras. Entonces, comenzó a llover.


Observó como día tras día las nubes lloraban y la bañera en la que ella nadaba, vencía ante tanto líquido. Como se aproximaba el fin o lo infinito de la muerte. Como terminaba todo y empezaba de nuevo con un extenso manto verde de hierba, con cientos de puertas sucias y de oportunidades desechadas, con un largo más para llegar a los dos mil metros y con la apertura de un paraguas en el portal antes de comenzar a caminar.


Y de pronto, supo que decir:
- Un pastel de cumpleaños, por favor. Con mucho chocolate.

lunes, 11 de marzo de 2013

Domingos.

Con los pies fríos no se puede escribir a lápiz.
He lamentado mil veces las despedidas incautas, la fragilidad del último beso y decir adiós en lugar de hasta luego. Porque luego siempre volvemos a encontrarnos, el luego nunca se escapa.