En la monotonía de sus paseos se descubre mirando al cielo,
observador de la levedad de las nubes, del sutil vuelo de los pájaros y de la
dimensionalidad del batir de alas de un avión. Su rastro. Han sido los kilómetros
ensombrecidos y enloquecidos, temerosos incluso de sus pasos, de la fuerza y la
orientación que desprenden éstos al vagabundear por las calles céntricas de la
cuidad los que, infinitos, decidieron
borrar sus huellas, deshacerse de sus caminos para siempre, de las historias,
de la fiel música en sus oídos y sepultar cada metro bajo la adversidad de
aquel que observa maravillado el dulce bailoteo de sus pies desde la distancia.
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