Somos la proyección que nosotros mismos creamos de nuestro futuro y nuestro futuro no es más que el camino que ahora andamos, el tomar o no una decisión acertada. Somos error, acierto y otra vez error.
Somos toda aquella experiencia, el pasado, el presente y el futuro que conformó, conforma y conformará la misma.
Somos los segundos, los minutos, las horas y los días invertidos en hablar del tiempo que no tenemos, de las ganas de hacer cosas, de la puesta en escena de una propia representación de nuestra vida. Somos tiempo. Tiempo relativo.
Somos marcas, señales, símbolos, canciones de momentos inadecuados. Somos silencios incómodos, paseos soñados, somos columpios que vuelan… y es que podemos, es que tenemos la extraña habilidad de transformación, y somos, si lo deseamos con fuerza, todo aquello que nos propongamos. Malos, conformistas, alegres, hipócritas, cariñosos, nobles, envidiosos, soñadores, creadores de universos paralelos, dibujantes de ilusiones, falsos, y ¿por qué no? Felices. Lo somos. Somos una pura transformación constante de nosotros mismos. Un molde de arcilla que gira sobre sí mismo una y otra vez, creando, diseñando, desarrollando nuevas formas imposibles, jamás pensadas.
Y es que somos aquella proyección que un día, de niños, imaginamos de nosotros mismos. Lo somos, somos todas esas proyecciones que, cambiantes, tarde o temprano han resurgido de nuestra cabeza hacía la realidad, hacía la realidad que ahora nace de mí.
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