Era invisible, como todas las cosas realmente importantes y
se escapaba como el transparente viento para susurrar aquello que no se
atrevían a decir. Las movía de acá para allá, sin la menor molestia, sin el
menor roce. Las balanceaba y conducía en función de su ocupante. Diseñaba el
momento idóneo, calculando cada mínimo detalle, vigilando las estaciones y
vaivén y devenir del continuo movimiento. Ponía nombre, historia y bso a cada
momento. Era único y todos los sabían.
Fue comienzos, finales e intermedios. Fue el cálido sol de
primavera y el frío aterrador del invierno. Siempre llevaba guantes. Llenó
sacos de primeros besos, de caricias y de “te quieros” pronunciados con la
mirada. Almacenó en el recuerdo los “te odio”, la tristeza y la mala
melancolía, puesto que defendía la necesidad de éstos para sentir sus opuestos.
Era único y todos le envidiaban.
Escribía versos de amor, de amor verdadero a una mujer
lejana con botas de agua que se sentaba todas las tardes en el mismo banco a
leer. Le gustaba observar a las personas. La gustaba imaginar a dónde iban, de
dónde venían y que estarían pensando. Creaba historias complicadas llenas de
celos, fantasmas y dragones e imaginaba que era lo que ella leía. Estaba
enamorado y todos lo sabían.
Cada noche su piel anhelaba la de ella. Sus sueños eran
pesadillas negadas y hacía el amor con su recuerdo. Nada más despertar quemaba
los imposibles versos de su amor con
botas de agua. A ella le gustaba pasar por encima de los charcos y jamás supo
que todos esos charcos llevaban su nombre en lágrimas. Todos eran por y para
ella y jamás lo supo.
Un día ella no leyó. Un día ella decidió montar en una vieja
barquita del Parque del Retiro de Madrid. Y ese día, él, dispuso la
creación del momento. Acicaló las hojas de los árboles, dorándolas y
haciéndolas brillar. Eliminó todas las nubes y dejó los cálidos rayos de sol
que sólo existen en otoño. Puso los peces de más vivos colores en las aguas del
lago y compuso la canción perfecta y la brisa suave para que al cerrar los ojos
se escuchará: “te quiero”. Pero jamás llegó tal sonido.
Le devoró Miedo. Un
pez gigante contra el que siempre había luchado y que vivía en las
profundidades del lago. Sin miramientos. Una oportunidad así no debe
desperdiciarse y todos los sabían.
Según cuentan, ahora ya no maneja las barcas y a ella no se
le ha vuelto a ver, pero todos los meses de octubre se encarga de dorar las
hojas de los árboles, de alegrar los colores de los peces y de cantar aquella
vieja canción de amor que nunca se atrevió a entonar.
Según dicen es el aire
que susurra los te quiero que no pueden decirse. Y todos sabemos que esos son
los más importantes ¿verdad?
No hay comentarios:
Publicar un comentario