lunes, 19 de noviembre de 2012

Las barquitas del Retiro.



Era invisible, como todas las cosas realmente importantes y se escapaba como el transparente viento para susurrar aquello que no se atrevían a decir. Las movía de acá para allá, sin la menor molestia, sin el menor roce. Las balanceaba y conducía en función de su ocupante. Diseñaba el momento idóneo, calculando cada mínimo detalle, vigilando las estaciones y vaivén y devenir del continuo movimiento. Ponía nombre, historia y bso a cada momento. Era único y todos los sabían.

Fue comienzos, finales e intermedios. Fue el cálido sol de primavera y el frío aterrador del invierno. Siempre llevaba guantes. Llenó sacos de primeros besos, de caricias y de “te quieros” pronunciados con la mirada. Almacenó en el recuerdo los “te odio”, la tristeza y la mala melancolía, puesto que defendía la necesidad de éstos para sentir sus opuestos. Era único y todos le envidiaban.

Escribía versos de amor, de amor verdadero a una mujer lejana con botas de agua que se sentaba todas las tardes en el mismo banco a leer. Le gustaba observar a las personas. La gustaba imaginar a dónde iban, de dónde venían y que estarían pensando. Creaba historias complicadas llenas de celos, fantasmas y dragones e imaginaba que era lo que ella leía. Estaba enamorado y todos lo sabían.

Cada noche su piel anhelaba la de ella. Sus sueños eran pesadillas negadas y hacía el amor con su recuerdo. Nada más despertar quemaba los imposibles versos  de su amor con botas de agua. A ella le gustaba pasar por encima de los charcos y jamás supo que todos esos charcos llevaban su nombre en lágrimas. Todos eran por y para ella y jamás lo supo.

Un día ella no leyó. Un día ella decidió montar en una vieja barquita del Parque del Retiro de Madrid. Y ese día, él, dispuso la creación del momento. Acicaló las hojas de los árboles, dorándolas y haciéndolas brillar. Eliminó todas las nubes y dejó los cálidos rayos de sol que sólo existen en otoño. Puso los peces de más vivos colores en las aguas del lago y compuso la canción perfecta y la brisa suave para que al cerrar los ojos se escuchará: “te quiero”. Pero jamás llegó tal sonido.
Le devoró Miedo. Un pez gigante contra el que siempre había luchado y que vivía en las profundidades del lago. Sin miramientos. Una oportunidad así no debe desperdiciarse y todos los sabían. 

Según cuentan, ahora ya no maneja las barcas y a ella no se le ha vuelto a ver, pero todos los meses de octubre se encarga de dorar las hojas de los árboles, de alegrar los colores de los peces y de cantar aquella vieja canción de amor que nunca se atrevió a entonar. 
Según dicen es el aire que susurra los te quiero que no pueden decirse. Y todos sabemos que esos son los más importantes ¿verdad?

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